Soltá la necesidad de Control

Todos tus actos tienen consecuencias.

¿Quién se acuerda de esta frase? Nos la enseñan desde muy pequeños/as y la reproducimos con facilidad, dudo que algún/o de nosotros/as ponga en tela de juicio su veracidad.

Dicha mentalidad nos permite organizar nuestro día, completar una receta o cumplir con nuestras metas, además, mantenernos “haciendo” nos genera una emoción de seguridad y eficacia, nos sentimos útiles (que fea palabra), capaces de solucionar y con la sensación de tener las cosas bajo control.

Hemos programado nuestra mente de la siguiente manera: realizar acciones = cambiar condiciones, el tema es que intentamos introducir toda nuestra realidad dentro de ese programa, emociones, relaciones, sucesos externos; y esto nos conduce a mantenernos constantemente en actitud de lucha entre “como es mi realidad” y “como debería ser”, le estamos enviando al cerebro la señal de que algo debe ser resuelto, y por tanto no dejamos de hacer y hacer (o pensar y pensar), la mayoría de veces son aspectos que no podemos controlar.

Por ejemplo, podemos descubrirnos intentando que los demás cambien su manera de ser, guardando dolor por mucho tiempo ante la pérdida de un ser querido, acumulando rencor por alguna enfermedad, reprimiéndonos porque “no debería estar sintiendo ansiedad”, o por tener insomnio, o dolor de espalda, etc; todas son circunstancias sobre las que no tenemos control, pero nuestra programación mental nos impulsa a resolver.

Además de esto, la necesidad de controlar todo lo que está a nuestro alrededor, tiene mucho que ver con un sentimiento oculto de miedo, pues nos asusta la incertidumbre de no saber qué ocurrirá y cómo, el no saberlo nos hace sentir indefensos/as. Una persona muy perfeccionista puede temer que si deja de controlar no obtendrá los resultados que espera y esto la hace mostrar incompetente ante ella misma y ante los demás. 

Estas son seis –no tan asertivas- consecuencias de un estado activo de control:

Rigidez: existe un exceso de reglas, que si no se cumplen me frustro. La rigidez se muestra en las actitudes, pero también en el cuerpo, desde la biodescodificación, está asociada a la artritis.

Poco disfrute: el deber está por encima del placer, reprimo mis deseos.

Afectividad limitada, emociones reprimidas: ejerzo control sobre la expresión de mis emociones, me muestro distante ante los demás.

Prepotencia o supremacía: los demás no pueden hacer las cosas tan bien como yo, por tanto me cuesta delegar y confiar.

Exigencia y Juicio: temor a ser señalado/a, por tanto, temor a cometer errores.

Perfeccionismo: sensación continua de insatisfacción, siempre deseo ser mejor y superar a los otros/as

Entonces, ¿cómo trabajar en la necesidad de control?

Cuestionar tus marcos de referencia.

Nada es malo o bueno, liberate de la necesidad de categorizar, evita comparaciones y condenas. Cuando nos limitamos y encerramos en nuestro punto de vista, nos cerramos a la visión de los demás.

Aceptar las emociones.

Reconoce lo que sientes, dale un lugar y permite que se de en lugar de controlarlo. Ante una tarea, preguntate si la quieres hacer realmente o si la hacemos para quedar bien.

Y para mí, la más hermosa, soltar: pasar del modo “hacer” al modo “estar, experimentar la realidad tal y como esta sucede en cada minuto, sin juzgarla e intentarla cambiar, entrar en la mentalidad de simplemente estar presentes sin acción. Amar la vida tal y como es, con todas y cada una de sus partes, sin querer quedarse sólo con la parte que creemos que podemos controlar.

Es entonces cuando dejamos de vivir desde el miedo y la inseguridad, para pasar a la aceptación y la gratitud, dejando de lado el papel de víctimas y pasando a ser co-creadores/as de la vida. Ojo aquí, el/la surfista no deja que las olas lo revuelquen y se lo/a lleven, tampoco pretende controlar y medirlas, sino que aprende a mantenerse con lo que cada ola trae consigo, para estar en armonía ambas partes.

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