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Me acepto tal cual soy

Esta soy yo.
O una imagen de lo que creo ser.

Mostrando en apariencia estar segura de quien soy y lo que quiero: decidida, valiente, clara, directa, honesta, soñadora, positiva, etc. Sin embargo, el tema hoy, o lo que quiero contar, es que en menos de una semana se me han caído todos esos adjetivos que acabo de mencionar, no porque no los tenga (ojalá así fuese y no me identificara con nada) sino porque no son 100% verdaderos 

Esa Melania directa y expresiva siempre tiembla por dentro ante la expectativa de qué pensará el/la otro/a al respecto. Juro que no lo sabía, más bien me jactaba de ser “libre”, de no importarme lo que los demás pensaban sobre mí, de que mis acciones respondieran únicamente a mis decisiones, y es mentira.

Me he quebrado mil veces cuando algún/a amigo no está y lo he necesitado. Me he frustrado cuando en el equipo de trabajo escucho alguna crítica sobre mis labores, lloré montones cuando reconocí la poca familia de sangre-amor a la que realmente le importo, o cuando me doy cuenta que soy súper diferente a lo que la familia de mi esposo espera de mí; se me ha hecho nudos la mente cuando no calzo con la izquierda o los ideales de los colegas de mi carrera, y a la vez, tampoco entro en los principios de “empresaria” o “jefe” que el mercado requiere. He dicho cosas y he tomado acciones de las cuales me arrepentí porque tal vez no agraden a todos/as. He puesto un post o un estado que quito de inmediato porque no genera lo que imagino. He dejado de vestir cómoda porque la ocasión lo requiere. Me he quedado en conversaciones que detesto o con personas que simplemente me desgastan…

Y bueno, eso me hace reconocer que inevitablemente estoy ligada a las expectativas que los demás tengan de mi, y que el camino hacia la fidelidad con una misma no es solamente una decisión o un vocabulario que lo anuncie, es una acción cotidiana.

No es fácil desnudarse y aceptarse, ver tus sombras y amarlas porque también son parte. Nos han enseñado desde pequeños/as a calzar, a ser para los demás, a definirnos a partir de identificaciones que finalmente sólo nos alejan de encontrarnos a nosotros mismos/as: familia, religión, grupos o movimientos, posición política, espiritualidad…

Todavía en confusión, sin definirme (cuestionándome si será necesario hacerlo), con la convicción de que el descubrimiento y amor propio son la llave más auténtica para acercarnos al otro/a -porque ahí ya no habrán disfraces que no sepamos usar, y tendremos cerca solo las personas que también con autenticidad se quieran quedar-; ahí, en esa maraña de adjetivos e identidades que he aceptado ser, quiero detenerme, encontrarme, diseñarme y poder compartirme.

Aquí estoy, reconociendo y asumiendo. Teniendo el coraje una vez más de mostrarme humana y con grandes fallos, en búsqueda del mejor de los reinos: el de una misma, y todo lo demás: “vendrá por añadidura”

Melania Orozco Calvo

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Orden de Nacimiento y Personalidad

¿CREES QUE EL ORDEN DE LLEGADA DE LOS HERMANOS INFLUYA EN SU PERSONALIDAD?

Te muestro qué dice la teoría del orden de nacimiento y mi experiencia personal.

Somos seres complejos, y no existen recetas que nos sean aplicables a todos por igual, pero es innegable que, tanto las circunstancias sociales, económicas y culturales, como los vínculos y los acontecimientos que suceden a nuestro alrededor, impactan directamente en nuestras vidas, y eso incluye el orden de llegada de los hermanos y el rol que obtenemos según esa llegada.

Soy la hija de en medio en mi familia nuclear, tengo una hermana mayor y un hermano menor; y si, cumplí con el estereotipo de “ser el sánguche”, la que no encuentra su lugar ni como mayor, ni como menor, siempre en búsqueda de la atención/afecto de mis padres. Aunque también tuve circunstancias específicas, como el hecho de que mi hermana mayor me llevase 7 años de diferencia, y mi hermano menor naciera apenas cuando yo tenía un año. Esas variables, las genéricas y las individuales, influyen en nuestra personalidad y en la forma en que nos relacionamos. Mi marco de referencia más importante era mi hermana y no mis padres (como le sucede al primogénito), y siempre busqué agradarle y ser aceptada por ella, pero nunca compartimos etapas de vida similares por la diferencia de años. Con mi hermano si tuve más cercanía y complicidad, pero existía una sensación de envidia por la atención que yo no pude recibir: él era el consentido de mamá, el menor, el varoncito, además, “me quitó” a mi mamá muy rápido (pensemos en lactancia, atención, juego).

Todas las circunstancias nos influyen y construyen, no son buenas ni malas, sólo son circunstancias, biológicamente y por supervivencia, todos los seres venimos con la necesidad de pertenecer al sistema, ser valorados y aceptados; desarrollamos estrategias para mantener la vida de la mejor forma que podamos.

En la naturaleza, el orden de nacimiento es fundamental, ella es inexorable a la hora de garantizar la vida. Desde la mirada sistémica, conocer nuestro lugar en el árbol genealógico, y el rol que cumplimos, nos permite tener una mirada comprensiva, que como adultos colabore en la sanación de heridas, para hacernos responsables de nuestras acciones y emociones, y no sólo culpar o señalar el pasado o a las circunstancias.

La teoría del orden de nacimiento fue descrita por primera vez por el psicólogo austriaco Alfred Adler (1870-1937), y en palabras muy resumidas podríamos encontrar:

*Los hermanos mayores o primogénitos*, disponen de todos los recursos y atención de sus padres o cuidadores; crecen con la sensación de “ser el centro de atención”, sus padres –aún principiantes- tienden a sobreproteger y a ser más severos que con los otros hijos. Es común, que estas personas tengan rasgos de liderazgo, responsabilidad, seguridad, suelen ser competitivos y tener capacidad de sacrificio.

*Los hermanos de en medio*, suelen ser pacificadores y mediadores, suelen crecer con la sensación de no ser atendidos, de no obtener toda la atención que tuvo el hermano mayor ni la que tendrá el pequeño, por tanto, desarrollan habilidades de empatía con sus círculos de amistades, se inclinan por los emprendimientos y las negociaciones; tienden a ser más introvertidos, observadores e independientes.

*Los hermanos menores* por su lado, tienen un espíritu más libre, sus padres tienen mayor experiencia, son más permisivos y más consentidores, los hermanos mayores colaboran en su educación y supervisión, por lo que son más perspicaces, desarrollan rebeldía, son más arriesgados, innovadores y radicales.

Por supuesto que estos datos se los comparto bajo la lupa de una muestra de la población, en familias biparentales con tres o cuatro hijos, y con datos promedio, todos conocemos familias fuera de las estadísticas expuestas, pero lograr observar los comportamientos genéricos desde las circunstancias sociales-afectivas-vinculares de cada hermano, permite una mirada integradora y no individualista.

¿Qué hacer para mejorar la relación con los hermanos?

Reconozco mi lugar y lo acepto con amor. Los hermanos mayores dan, los menores reciben, y desde esa visión, no busco usurpar un lugar que no sea el que me corresponde. Si en algún momento las circunstancias han llevado a un cambio de roles (por ejemplo un hermano que asumió el rol de padre/madre, o que quizá alguna enfermedad hiciera que los padres prestaran más atención a alguno de los hijos), miro la historia, la honro y acepto con amor, sin juicio, sin pretensiones de querer cambiar algo, y sin reclamos que sólo nos vacían.

“El amor llena lo que el orden abarca. El amor es el agua, el orden el cántaro. El orden centra, el amor fluye. El amor y el orden actúan en conjunto”

Bert Hellinger

Melania Orozco Calvo

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Amor de Pareja y Amor en la Pareja

Cada miembro de una relación trae consigo su propia historia, traumas y heridas, en primera instancia, esta es una condición que debería ser mirada, aceptada y respetada, cuando lo hacemos, podrías estar hablando de un acertado comienzo en la relación de pareja.

Para que se empiece a escribir una sana historia, cada uno de los compañeros tiene que abandonar a su familia. Y esto no sólo en un sentido externo, sino que hay que dejar algunas lealtades/creencias que en la familia nuclear eran válidas, para negociar con la pareja principios nuevos que reconozcan los valores de ambas partes.

Esto es complejo de identificar si nos encontramos en la etapa del enamoramiento, cuando estamos algo ciegos y no visualizamos verdaderamente a la otra persona, sino lo que necesitamos de ella, aquello que proyectamos. En segunda vista, cuando pasamos esta etapa de idealización, nos adentramos en la construcción del amor de pareja, un amor adulto que mira realmente a la otra persona y la toma tal y como es, con sus necesidades y carencias, no para solucionarlas, sino para compartir el proceso de sanación.

Cuando cada miembro de la pareja se hace responsable de llenar sus propios vacíos, se construye un puente que hace posible una relación de pareja saludable, y nuestras relaciones podrían convertirse en templos de curación si dejamos que lo sean.

Ahora bien, por las condiciones que sean y sin importar la cantidad de tiempo que lleve la relación, ni los compromisos que hayan de por medio, el amor no sólo requiere ser encontrado, visto y aceptado, también debe tener su cuota de atención y cuido, y estar siendo nutrido por aquellos valores que en un principio se establecieron, por ejemplo: confianza, lealtad, respeto, intimidad, etc.

En toda relación nos encontraremos en una compensación constante entre dar y recibir, sembrar y recoger, pero puede llegar un momento en que no tengamos nada más para dar, o en el que algunos de los nutrientes antes citados dejaron de ser cultivados, es entonces cuando se puede dejar de elegir (si, el amor también es una decisión), y si una relación no te hace crecer sólo hay dos opciones: o te mantiene estancado/a o te disminuye. Siempre se puede elegir. Se elige en función del amor mismo, del amor propio, de aquel que un día nos unió, y de aquel en el nombre de quien construimos, así que terminar una relación no es fracaso, fracaso es continuar en una relación que ya no da para más y/o que nos lastima, sólo por costumbre, compromiso o presión social.

El crecimiento personal no se detiene porque inicies una vida de pareja, hay que aprender a equilibrar ambas cosas. Algunas veces se combinan y se fortalecen, algunas otras más bien chocan y no logran coincidir. El arte de amar en pareja se esconde detrás de un profundo respeto por la individualidad y la historia personal de cada uno, con la disposición de ser compañero/a para el otro/a en el proceso de sanación, y el compromiso por el crecimiento constante del vínculo que les une.

Melania Orozco Calvo

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Mi Niña Interna depende de Mi

Seguramente recuerdas aquella vez, cuando estabas pequeña/o y te hicieron una promesa que no fue cumplida; o bien, aquel momento donde buscabas hacer una buena obra a los ojos de tus padres pero fue recibido de mala forma y te llamaron la atención. Quizá en tu memoria tengas episodios de castigo físico, donde el miedo era el principal protagonista. Pues bien, todas estas experiencias siguen vivas y forman parte de tu personalidad adulta, se amalgamaron en un tipo de armadura a la cual llamamos “personalidad”, que creemos que nos protege, nos hace pertenecer o nos puede definir.

En las primeras etapas de nuestra vida, somos totalmente vulnerables, dependemos de todo a nivel externo para la supervivencia, no podemos alimentarnos, no podemos generarnos un techo, no hay capacidad de elegir la protección, ni siquiera podemos salvaguardarnos del peligro. Es esta vulnerabilidad la que nos impulsa a pertenecer a un grupo, una familia, un clan; el sentido de pertenencia nos otorga cierta protección, y son las otras personas de la tribu quienes pueden atender nuestras necesidades básicas. Crecemos con esta tribu como marco de referencia: adoptamos su forma de hablar, de relacionarse, su forma de reprendernos o de mostrarnos afecto, etc. Este vínculo llega a ser tan importante que nos va moldeando, y en base a nuestra dependencia de la tribu, creeremos todo lo que nos digan, lo que nos nieguen, lo que nos muestren. Si mamá sonríe cuando hago un baile, mis receptores emocionales guardan esta información para seguir haciendo cosas que a mamá la hagan sonreír y así, asegurar la permanencia a su lado. Si, por el contrario, observamos que algo la ha hecho molestar y por este enojo deja de atendernos, mirarnos o entregar afectividad, también esa información será reservada para evitar comportamientos que en el futuro la puedan hacer enojar.

El proceso cognitivo del cerebro en los primeros años de vida carece de análisis, es un mundo interpretativo, biológico y reactivo. De los 0 a los 7 años, el niño ni siquiera logra comprenderse como un ser individual, es a través de su madre que aprenderá -o no- a tomar la vida. Es ella quien le presenta a los demás seres a su alrededor. Así que vendrán de ella, tanto los mas importantes aprendizajes, como las más dolorosas heridas tales como: abandono, rechazo u humillación; a partir de los 7 años y hasta los 14, el cerebro mejora sus habilidades analíticas, empieza a relacionarse con otros individuos de manera independiente y empezará a necesitar menos de mamá y más de papá, o bien, las energías que se los representen. Es aquí donde tal vínculo puede colaborar en nuestra forma de mirar el mundo, poner límites, generar metas o tomar decisiones; sin embargo, también será terreno fértil para desarrollar heridas tales como la traición o la injusticia.

El resto de nuestra vida estará basada en lo aprendido en estas primeras etapas, principalmente en lo que nos ha herido, ya que, por instinto, se buscará en primera instancia la supervivencia. Cada una de nuestras heridas genera una máscara, un escudo protector que ayuda a sobrellevar el dolor o el miedo vivido, y llegamos a la adultez con estas armaduras bien perfiladas y naturalizadas para protegernos del mundo externo. Es así como vamos por el mundo con cuerpos de adultos, pero con niños heridos por dentro.

Llegando a esta comprensión, es imprescindible adoptar una postura de responsabilidad para atender estas heridas, paternando y maternando nuestro niño/a herido, que no significa más que hacernos cargo de lo que requiera expresar y gestionar sus emociones hacia el mayor bienestar propio y del entorno que le rodea.

Las Constelaciones Familiares son una hermosa herramienta que nos permite acercarnos a estas heridas desde la comprensión de su creación, para encontrar las mejores estrategias de sanación que cada uno de esos niños internos requieren. Por medio de la técnica de la proyección, se pueden evidenciar las emociones reales, expresadas o no, que necesitan mirarse y así dejen de ser determinantes en los procesos vinculares actuales. ¡Te invito a conocer esta bella opción en BioConstelaCR!

Comparto con ustedes un ejercicio meditativo para acercarnos al trabajo introspectivo de escuchar a nuestra niña interna/o:

Melania Orozco Calvo

Melania Orozco Calvo

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Terribles Coincidencias

¿Sabías que un SECRETO FAMILIAR puede estar impactando de manera “negativa” tu vida? ¿Me creerías si te cuento que un duelo negado de tu tatarabuela puede estar haciendo que hoy no te puedas vincularte afectivamente a una pareja?

Hoy te quiero hablar sobre lo que comúnmente llamamos El Transgeneracional. Desde la visión sistémica, este concepto se entiende como el estudio de los procesos en los que una generación puede influir en las generaciones siguientes, de qué forma la manera en que ciertos individuos representan e interpretan su mundo, influencia en la vivencia de ese mundo para las generaciones venideras.

Todxs somos parte de un conjunto de normas que nos han venido moldeando desde incluso antes de nacer, y que nos permite sentirnos parte (o no) de una familia. La necesidad de “pertenecer” no es una elección, es un instinto biológico que nos mantiene en la vida, por lo que ser leales al clan se vuelve lo “natural” para todos los seres, el tema aquí es que muchas de esas lealtades ni siquiera corresponden a nuestra realidad, son herencias obsoletas, que pueden estar afectando la vida misma.

Hay lealtades que trascienden la individualidad, y se constituyen parte del inconsciente familiar. Cuando se ha excluido algún miembro de la familia por miedo, vergüenza o dolor, en la siguiente(s) generación podría aparecer otro miembro que tenga la necesidad de hacer visible esa exclusión, y por tanto repite la historia de la persona excluida. Un ejemplo muy a la mano de esto vendría a ser lo que observamos en las películas de Disney “Coco”, “Valiente” o “Encanto, donde, aun ocultándose la historia real de la familia, en la tercera o cuarta generación nace un buscador que hace visible el secreto.

Cuando los miembros del grupo viven algo de manera muy intensa y no lo pueden expresar, la reacción del cerebro es enviarlo al inconsciente. Y siempre va haber algún miembro del grupo que lo hace evidente. Te doy un ejemplo: cuando un niño escucha algo en su hogar que no le cuentan por completo, su instinto de supervivencia se activa, porque necesita pertenecer, pero sus padres maquillan o distorsionan la realidad. Es probable que ese niño se haga ciertas preguntas como ¿será culpa mía? ¿hice algo que no me di cuenta? ¿hicieron mis padres algo de lo que se avergüenzan y no se atreven a contármelo? Como no hay respuesta de todo esto, terminará descartándolo, quizá pensando “seguro son sólo imaginaciones mías”, pero el subconsciente no descarta nada, y necesita hacer un cierre. Si no lo resuelve, pues lo hereda.

Otro ejemplo podría ser: una mujer víctima de incesto cuando era pequeña. De adulta, su hija intuye que mamá algo esconde, porque no hay claridad de su progenitor o no se relaciona con cierta parte de la familia. Cuando esta niña sea madre, puede desarrollar una actitud ansiosa con respecto a la sexualidad sin saber por qué y podría llegar a ser exageradamente protectora con su propia hija.

Lo que una generación deja sin resolver, será la siguiente la que, inocente e inconscientemente, trate de resolverlo; y así queda atrapada en temas o asuntos que no son en realidad su responsabilidad, ya que existe una transmisión transgeneracional de los problemas familiares que -incluso- pueden crear cadenas de destinos difíciles o trágicos.

El caso del conocido actor Bruce Lee es un ejemplo ilustrativo: Lee muere a los 33 años, por lo que se cree fue un aneurisma, se encontraba en la cima de su carrera profesional mientras grababa la película “El juego de la muerte”. En dicha película, su personaje debía recibir un disparo lanzado desde un revólver que se suponía no estaba cargado. Curiosamente, 20 años después, su hijo Brandon Lee, a los 28 años, murió mientras filmaba la película “The Crow”, debido a que alguien del set olvidó sacar la bala del revólver con el que debía recibir un tiro en una escena. No debía estar cargado.

El transgeneracional propone que el ADN no sólo almacena herencias físicas, sino, toda la historia familiar, sus duelos, miedos, herramientas de supervivencia, es por esto que el ser al nacer recibe un legado, y buscará resistir, repetir o reparar dicho legado. Algunas veces, incluso, la persona asume la misma suerte del antepasado. En la familia Kennedy, por ejemplo, Joseph, el hijo mayor del matrimonio de Joseph y Rose, murió en un accidente aéreo en 1944, cuando tenía 29 años. Su sobrino John Kennedy Jr., hijo del presidente John F. Kennedy, pereció en otro accidente similar en julio de 1999, a los 38 años. Cuanto más conflicto haya habido en el pasado y el presente de una familia, más severas suelen ser las dificultades sociales y personales de sus miembros, en ocasiones, hay una sincronía de estos eventos, lo que se conoce como síndrome aniversario, pues las tragedias se repiten en determinadas fechas.

Es por esto que los asuntos no resueltos de los sistemas familiares en generaciones pueden afectar la vida de las familias manifestándose en alguno o varios miembros del sistema, enfermedades inexplicables, depresiones, suicidios, relaciones conflictivas, trastornos físicos y psíquicos, dificultad para encontrar pareja, para prosperar, comportamientos conflictivos, etcétera.

Cuando un miembro de la familia sacrifica sus intereses y posibilidades personales por otro o por el bien de la familia, se siente con derecho a ser retribuido por ese sacrificio y esperará que se le reconozca. Si esa deuda no es pagada por la generación que ha sido favorecida por éste sacrificio, a menudo se requiere que la siguiente generación liquide la deuda de algún modo o si no la siguiente.

Si alguien da mucho y no recibe tanto, se genera una deuda.
Si alguien gana dinero o afecto a costa de otros, les debe.
Si alguien pierde algo, amor, dinero, posición o estatus, para que otros ganen, le deben.

El sistema familiar tenderá a restaurar la justicia dentro del mismo.

Otra forma de heredar lealtades del transgeneracional es por medio de la asignación de nuestro nombre. Los nombres que recibimos son como mandatos que limitan nuestra libertad e influyen en nuestra vida. Nos ponen un nombre “en honor a” “en recuerdo de” “por admiración de”, y esto es una espacie de imposición de propósito para nuestra vida.

Un nombre repetido es como un contrato al que le hacemos una fotocopia, cuando en el árbol genealógico hay muchas fotocopias, el nombre pierde fuerza y queda devaluado. Además, nuestro nombre tiene un impacto muy fuerte sobre la mente, que nos otorga identidad simbólica y personalidad. Al respecto les recomiendo un cuento de Roberto Fontanarrosa “Destino de Mujer”.

Todos venimos de una familia que tiene su propia historia. Conocer esa historia es importante para conocerte a ti mismo, y comprender algunas actitudes dentro del sistema. Al conocer los hechos del pasado, reconocemos historias que se repiten, valores dignos de respeto, y acciones que no nos gustaría integrar.

Toda nuestra historia es importante, para saber de qué si debemos/podemos hacernos responsables, porque de todo aquello que no lo hagamos, se tendrán que encargar otros, nuestros descendientes, nuestros hijos, sobrinos, nietos, ya que nada escapa al orden del sistema.

Sigmund Freud propuso que cada vez que la persona vuelve consciente lo inconsciente, el hecho conflictivo va perdiendo fuerza, y es en este principio en el que Bert Hellinger se basa para crear las Constelaciones Familiares, como un acompañamiento terapéutico donde las personas puedan configurar los dolores, traumas y experiencias vividas, tanto en primera persona, como por sus antepasados, para así ir liberando lealtades invisibles.

Así que, el mismo amor que enfermó, cuando se vuelve consciente, es el que posee la fuerza y sabiduría de la solución; las lealtades invisibles, se le da lugar a las personas excluidas, las olvidadas, las difamadas, las no honradas, las tratadas con injusticia, las que se fueron para ceder su espacio a otras y las que sufrieron vidas particularmente difíciles.

¿Estás listo/a para el siguiente paso?

Melania Orozco Calvo

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Soltá la necesidad de Control

Todos tus actos tienen consecuencias.

¿Quién se acuerda de esta frase? Nos la enseñan desde muy pequeños/as y la reproducimos con facilidad, dudo que algún/o de nosotros/as ponga en tela de juicio su veracidad.

Dicha mentalidad nos permite organizar nuestro día, completar una receta o cumplir con nuestras metas, además, mantenernos “haciendo” nos genera una emoción de seguridad y eficacia, nos sentimos útiles (que fea palabra), capaces de solucionar y con la sensación de tener las cosas bajo control.

Hemos programado nuestra mente de la siguiente manera: realizar acciones = cambiar condiciones, el tema es que intentamos introducir toda nuestra realidad dentro de ese programa, emociones, relaciones, sucesos externos; y esto nos conduce a mantenernos constantemente en actitud de lucha entre “como es mi realidad” y “como debería ser”, le estamos enviando al cerebro la señal de que algo debe ser resuelto, y por tanto no dejamos de hacer y hacer (o pensar y pensar), la mayoría de veces son aspectos que no podemos controlar.

Por ejemplo, podemos descubrirnos intentando que los demás cambien su manera de ser, guardando dolor por mucho tiempo ante la pérdida de un ser querido, acumulando rencor por alguna enfermedad, reprimiéndonos porque “no debería estar sintiendo ansiedad”, o por tener insomnio, o dolor de espalda, etc; todas son circunstancias sobre las que no tenemos control, pero nuestra programación mental nos impulsa a resolver.

Además de esto, la necesidad de controlar todo lo que está a nuestro alrededor, tiene mucho que ver con un sentimiento oculto de miedo, pues nos asusta la incertidumbre de no saber qué ocurrirá y cómo, el no saberlo nos hace sentir indefensos/as. Una persona muy perfeccionista puede temer que si deja de controlar no obtendrá los resultados que espera y esto la hace mostrar incompetente ante ella misma y ante los demás. 

Estas son seis –no tan asertivas- consecuencias de un estado activo de control:

Rigidez: existe un exceso de reglas, que si no se cumplen me frustro. La rigidez se muestra en las actitudes, pero también en el cuerpo, desde la biodescodificación, está asociada a la artritis.

Poco disfrute: el deber está por encima del placer, reprimo mis deseos.

Afectividad limitada, emociones reprimidas: ejerzo control sobre la expresión de mis emociones, me muestro distante ante los demás.

Prepotencia o supremacía: los demás no pueden hacer las cosas tan bien como yo, por tanto me cuesta delegar y confiar.

Exigencia y Juicio: temor a ser señalado/a, por tanto, temor a cometer errores.

Perfeccionismo: sensación continua de insatisfacción, siempre deseo ser mejor y superar a los otros/as

Entonces, ¿cómo trabajar en la necesidad de control?

Cuestionar tus marcos de referencia.

Nada es malo o bueno, liberate de la necesidad de categorizar, evita comparaciones y condenas. Cuando nos limitamos y encerramos en nuestro punto de vista, nos cerramos a la visión de los demás.

Aceptar las emociones.

Reconoce lo que sientes, dale un lugar y permite que se de en lugar de controlarlo. Ante una tarea, preguntate si la quieres hacer realmente o si la hacemos para quedar bien.

Y para mí, la más hermosa, soltar: pasar del modo “hacer” al modo “estar, experimentar la realidad tal y como esta sucede en cada minuto, sin juzgarla e intentarla cambiar, entrar en la mentalidad de simplemente estar presentes sin acción. Amar la vida tal y como es, con todas y cada una de sus partes, sin querer quedarse sólo con la parte que creemos que podemos controlar.

Es entonces cuando dejamos de vivir desde el miedo y la inseguridad, para pasar a la aceptación y la gratitud, dejando de lado el papel de víctimas y pasando a ser co-creadores/as de la vida. Ojo aquí, el/la surfista no deja que las olas lo revuelquen y se lo/a lleven, tampoco pretende controlar y medirlas, sino que aprende a mantenerse con lo que cada ola trae consigo, para estar en armonía ambas partes.

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¡Quiero ser abundante!

No hay nada que puedas hacer para alcanzar la abundancia. Somos abundantes por naturaleza y en el camino topamos con creencias, condiciones externas, patrones y un sinfín de acontecimientos que se transforman en ese escudo que no nos permite conectar con lo que ya somos.

Me encanta tocar este tema porque cada vez que lo hago me redescubro a mí misma, fortalezco mis creencias potenciadoras y vuelvo a mi esencia, la cual no es diferente a la tuya, somos lo mismo: Unidad. Pero antes de meterme a esa parte tan sublime y algo filosófica, te voy a contar sobre esos primeros factores que nos limitan para reconocer nuestro estado de Abundancia.

El primer contacto con la vida lo tenemos en el vientre de mamá, este es un estado de plenitud donde nada nos falta, estamos protegidos y nutridos, no hay sensación de carencia o consciencia negativa de la existencia. Aún en los primeros años de vida, el niño no experimenta escasez, sean cuales sean las condiciones en las que esté viviendo, su cerebro tiene una función completamente orgánica que lo que busca es sobrevivir, por instinto, sabe que hay algo mayor que cuida de él/ella.

Con el paso del tiempo, aproximadamente de los 4 años en adelante, lo que escuche, lo que mire y experimente, irá construyendo esta nueva sensación de “algo me hace falta”, algunas veces por condiciones limitantes (reales o simbólicas), y otras veces por creencias de sus progenitores o cuidadores, por ejemplo “si querés esa galleta, tenés que ganártela”.

La historia de nuestros bisabuelos, abuelos y hasta la de nuestros padres, está cargada de luchas, guerras, trabajo físico duro, machismo, y en muchos casos de una pobreza romantizada y asociada a valores como la humildad, la bondad y la honradez. Aunque las condiciones hayan cambiado con los años, estas creencias y lealtades permanecen en las generaciones actuales, acarreando consecuencias en nuestra relación con el dinero, el bienestar personal o la idea de ser exitosos. Por supuesto que sus historias son clave en nuestra vida, acá estamos para honrarlas, sin embargo, también para trascenderlas.

Frases como “el dinero es sucio”, “la vida es dura”, “la comida se gana con el sudor de la frente”, “pobre pero honrado”; no hacen más que mantenernos dentro de paradigmas que nos alejan cada vez más de un estado de gratitud y satisfacción, acercándonos a la sensación de que siempre falte algo para poder ser felices, o de que debo luchar y sacrificarme para poder alcanzar algo que quiero.

La abundancia es un estado, y el reconocimiento de ese estado es lo que nos acerca a ella. No hay nada que puedas hacer para tener “más abundancia” o ser “menos abundante”, la Abundancia ES, y siempre está, las preguntas serían ¿qué estoy haciendo para conectar con ella?, ¿Qué creencias me mantienen alejado de la abundancia? No importan las condiciones externas, somos abundantes.

Por supuesto que, con un plato vacío sobre la mesa, es difícil tener espacio para otro pensamiento que no sea escasez; por supuesto que hay contextos estructurales que sostienen estados de inequidad en las poblaciones, haciendo que ni siquiera las necesidades básicas de supervivencia puedan ser satisfechas, mucho menos las de autorrealización. No se trata de negar las condiciones externas, se trata de hacer introspección e identificar cuáles de mis creencias están condicionando mi forma de ver la vida, y cuáles de ellas podría transformar para acercarme al bienestar que deseo hoy.

Somos privilegiados con el sólo hecho de estar sentados en este momento leyendo este blog, y nuestra consciencia de “privilegio” no omite que también seamos conscientes de que muchas otras personas no tienen acceso en equidad a estos recursos, sin embargo eso es sólo una motivación más para conectar con estados altos de frecuencia como la gratitud, y llevar esta consciencia de abundancia y equidad a todos los espacios: políticos, económicos, sociales y espirituales, expandiendo  todas estas posibilidades a la mayor cantidad de personas posible.

“Lo mismo que le fue dicho a la rosa para florecer, fue puesto en tu corazón”

La Abundancia es un estado natural del ser, en plena consciencia y presencia: SOMOS. Y si estás en ese presente hacete la pregunta ¿qué te falta exactamente en este momento? La respuesta es: nada. Justo aquí y ahora, tenés exactamente lo que necesitas para estar y ser. Cada momento se convierte en el instante de vida que queramos que sea, si conectas con el dolor ese será tu instante, y aun siendo así, está aportando algo a tu vida, en cuanto se descubre y -aquí está la clave- lo agradezco, se convierte en presente, en un regalo para mi existencia, y esta sencilla pero poderosa acción es capaz, incluso de cambiar un estado de enfermedad, ¡ojo!, no estoy hablando sólo de fe, está comprobado que la gratitud genera estados hormonales de bienestar que influyen directamente en el organismo y todas nuestras células.

Si esto se convierte en nuestra práctica cotidiana, si adoptamos el hábito de agradecer por cada segundo, por todo lo que llega, por lo que se va, por lo que me enoja o me da felicidad, entonces estoy convirtiendo mi AHORA en el mejor lugar para habitar, y esto indiscutiblemente me guiará a estados cada vez de mayor bienestar, que por supuesto, incluye aspectos tan sublimes como la espiritualidad y la conexión con la Esencia, o tan densos y físicos como la prosperidad y el dinero que llega en armonía.

¿Qué estás esperando para conectar con la Abundancia de tu ser y experimentar toda la plenitud que deseas?

Acá una sinopsis:

Somos abundantes por naturaleza.

Identifica qué patrones y creencias impartidos en tu niñez y las historias de tus progenitores podrían estar limitando tu bienestar. Acá entran también los paradigmas sociales como la ciencia, la economía, la política y la religión.

Mantente en el presente, aquí y ahora.

Se agradecido, agradece por todo.

Estás listo para manifestar toda esa Abundancia que llevas dentro, déjala expresarse.

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La Oveja Negra de la Familia

Vivimos en una sociedad donde la etiqueta de lo que es “bueno” y lo que es “malo” define nuestro comportamiento. Esa categorización está basada en argumentos subjetivos que tienen que ver con la cultura, los valores, la fe, etc; es decir, son conceptos distintos para todas las poblaciones. Basados/as en esas creencias, señalamos a las personas que no se ajustan a las reglas o normativas sociales, y eso también ocurre dentro de núcleo familiar, señalamos a esa persona que no cumple con la imagen idealizada de lo que esperan de ella, y esta se convierte en la llamada “Oveja Negra”. Muchas veces cargar con esa etiqueta, socialmente significa desprestigio, deshonra, desobediencia.

Pero si cambiamos de mirada, sin posicionarnos, nos permitimos acceder a otro tipo de información, comprendiendo que todos/as somos parte dentro del sistema y cumplimos un rol, y que todas las conductas tienen una razón de ser. Para llegar a este tipo de mirada, debemos eliminar el juicio y mirar a estas Ovejas Negras como esa expresión de todo aquello que en la familia está desesperadamente buscando un cambio.

Estas personas se atreven a desafiar los estatutos, a elegir lo que quieren para su vida, descartando las reglas impuestas porque ya no se ajustan a su realidad. Se sienten satisfechas por tener su propia voz, sus valores y tomar decisiones, pero también cargan con múltiples pensamientos, opiniones y juicios sociales que son pesados de sobre llevar.

¿Sentís que sos Oveja Negra?

· Te sientes diferente a los demás miembros, y/o los demás miembros de la familia te sienten diferente.

· Expones lo que piensas sin miedo de la respuesta que te puedan dar, y sin intensión de cambiar a nadie.

·  Estás seguro/a de tus valores, indiferentemente de los que las demás personas tengan, o consideren que son los adecuados.

·   Estableces límites claros y pides respeto.

·   No te adaptas a las normas o tradiciones.

·  Buscas revolucionar creencias y quieres acabar con las historias repetitivas de tu árbol familiar.

Si respondiste positivamente a dos o más de los anteriores ítems, posiblemente seas considerado/a como tal, y frente a esta condición quisiera compartirte que “no hay verdad universal”, todos/as nos construimos a nosotros mismos/as y cada proceso en dicha construcción es individual y único.

Quizá uno de los puntos más importantes de sentirte la persona que no encaja en tu familia, es saber que eres la pieza que puede generar un cambio en patrones familiares que vienen repitiéndose generación tras generación. Aunque esto no debe verse como una carga sobre tus hombros, simplemente debes mantente coherente con lo que sientes, piensas y actúas. El sistema siempre va a buscar equilibrarse, y respetar tu “diferencia”, es la mejor forma de colaborarle. Acepta lo que eres y acepta también a quienes te rodean, pero continúa tu camino, no siempre seguir al rebaño otorga la felicidad.

Desde las Constelaciones Familiares, la oveja negra es esa alma que viene a proyectar aquello que en la familia manifiesta la necesidad de sanar, muchas de las veces están ligado a traumas, dolores y/o miedos en nuestro árbol genealógico, por ejemplo, buscan compensar: miembros excluidos, secretos de familia, falta de la figura paterna-materna, infidelidades, violencia intrafamiliar, patrones marcados de escasez, dependencias afectivas etc.

Al respecto, Bert Hellinger apunta:

Las llamadas “Ovejas Negras” de la familia son en realidad, buscadores natos de caminos de liberación para el árbol genealógico de la familia. Las “ovejas negras” son aquellos miembros del árbol genealógico que NO se adaptan a las normas o tradiciones del Sistema Familiar, Las “ovejas negras” son aquellas que desde pequeñas buscan constantemente revolucionar las creencias infundadas, yendo en contravía de los caminos marcados por las tradiciones familiares, son aquellas criticadas, juzgadas e incluso rechazadas, esas que por lo general, son las llamadas a liberar el árbol de historias repetitivas que frustran a generaciones enteras.

Las “Ovejas Negras”, son aquellas que no se adaptan, son las que gritan rebeldía, son aquellas que reparan, desintoxican y crean una nueva y florecida rama Aquellas que toman todos los incontables deseos reprimidos, los sueños no realizados y talentos frustrados de nuestros ancestros, los toman en sus manos y hacen lo necesario por realizarlos. Entonces, el árbol genealógico, por inercia, querrá seguir manteniendo el curso castrador y tóxico de su tronco, lo cual hace de su tarea una labor difícil y conflictiva (más no por eso imposible de revertir)


Si definitivamente te identificas con este personaje llamado Oveja Negra, no permitas que nadie, absolutamente nadie, te haga dudar. “Cuida de tu “rareza” como la flor más preciada de tu árbol y recuerda, TÚ eres el sueño realizado de todos tus ancestros”.

Melania Orozco Calvo

BioConstelaCR

Contenido de Valor para tu Sanación

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Mi relación con la Comida: Mamá

Posiblemente al vernos al espejo podamos identificar semejanzas con el cuerpo físico de nuestra madre, pero hay otro tipo de herencia que es menos visible y también parte de nuestra cotidianidad: la forma en que nos relacionamos con la comida.

El primer vínculo que los seres humanos desarrollamos con mamá es el de la alimentación al tomar pecho, la forma en que ese vínculo se desarrolle y en las circunstancias que se dé, será fundamental en nuestra manera de relacionarnos con las emociones y en el acto de incorporar alimentos a nuestro cuerpo.

Según Laura Gutman, terapeuta argentina especializada en maternidad, “el vínculo que los niños tienen con el alimento es análogo al vínculo que tienen con sus madres“. Así como han sido alimentados, se nutrirán de más grandes.

Conforme vamos creciendo, seguiremos utilizando el alimento para vincularnos con los demás, y eso determinará si nos volvemos voraces (hambre emocional), si nos cuesta comer cosas nuevas (falta de confianza), o si todo lo que comemos nos cae mal o genera inflamación (malestar emocional).

El verbo comer trasciende la necesidad de alimentar el cuerpo. Frente a la comida hemos presenciado las más bonitas reuniones familiares o el dolor de ver un plato vacío, quizá las discusiones de nuestros padres al llegar la cena, o bien los encuentros sociales en celebración de las fiestas. Comer nos vincula, y por ello, nuestras emociones influyen en gran medida en la forma que nos alimentamos.

Algunos ejemplos:

  • Una bebé que pasaba varias horas sin recibir pecho, posiblemente se convierta en un adulto que se quiera comer todo, o que en cuanto tiene su plato en frente intente comerlo lo más pronto posible.
  • Una niña que era obligada a comer, posiblemente sea una adulta con malestares gástricos.
  • Un niño que es reprendido por probar o pedir, posiblemente genere sentimientos de culpa aún siendo adulto.
  • E indudablemente, una niña que escuche a su madre hacer críticas sobre su propio cuerpo o el de su hija, indudablemente crecerá en inseguridad y reproducirá el ciclo con sus hijos.

¡Sorprendente verdad! La vida entra por la boca. La boca busca el pecho materno, la mirada del bebé busca la de la madre, allí espera encontrar seguridad y amparo, es ese momento cuando la comida y amor se mezclan, y nos dan vida.

Sobre este último punto, me gustaría recalcar que la figura materna determina en buena medida cómo interactúan las hijas con la alimentación y su propio físico. En el estudio llamado “Comportamientos y Preocupaciones de Adolescentes y sus Madres sobre el Peso y su Control”, realizado por la Harvard Medical School de Boston (EE UU), se revela que la madre es la influencia más importante en la vida de una mujer, ella es el primer intercambio que tenemos en el mundo.

Una madre ansiosa frente a sus propios hábitos alimentarios (activos o no durante el período del embarazo y los primeros años de crianza) e insatisfecha con su corporalidad, influye directamente en la alimentación de sus hijos, lo cual puede contribuir en un trastorno del comportamiento alimentario en la adolescencia y marcar la tendencia en la edad adulta. Es común escuchar adolescentes decir “al menos, puedo ser dueña de lo que entra y de lo que sale por mi boca” intentando marcar su autonomía e independencia frente a madres intrusivas o controladoras.

En Constelaciones Familiares a esto le llamamos patrones. Frente a los patrones en los que fuimos concebidos y criados los seres humanos desarrollamos formas de repetir o reparar dichas enseñanzas, repetimos cuando los incorporamos en nuestra vida y reproducimos; y reparamos cuando realizamos actividades contrarias en son de rebeldía o de equilibrio. En este sentido, en relación con la comida son muchísimos los patrones adquiridos, ya que comer es un hecho sociocultural, familiar, de pertenencia, donde se incorporan formas y costumbres que llevaremos de por vida. Por eso, lo que prevalece en esta forma de alimentación es el vínculo con los otros.

Entonces ¿qué hacemos?

El primer paso siempre es reconocer. Consulta sobre tu concepción, nacimiento y primeros años, habla con tu madre de cómo se sentía y qué hábitos tenía. Aprovecha para consultar cómo fue tu alimentación, qué te gustaba y qué no. Abraza tu historia, hónrala y ámala, pero suéltala, ya fue, ahora eres adulto/a y puedes crear tus propios hábitos, aquellos que te hagan bien física, mental y emocionalmente, entre ellos los que tengan que ver con la comida.

Crea un vínculo con los alimentos, no en términos de adelgazar o engordar, sino en términos de sanidad: ¿qué me hace bien? ¿con qué alimentos me siento ligera y cuáles me hacen sentir pesada o decaída? Envíate mensajes de salud y no de belleza, y la comida empezará a darte lo que pides.

Además, planifica tu comida, tus horarios y productos de consumo, no le dejes todo al azar o al mercado. Aliméntate en lugares con calma, sin ruidos que alteren. Evita el uso del celular, la televisión y demás aparatos (recuerda que el niño amamantado busca la mirada de su madre ¿qué buscas en esos aparatos?)

Si tienes hijos o niños al cuidado, respeta sus cuerpos, no hagas comentarios al respecto, no pretendas que sean igual ni diferentes a ti, sólo déjalos ser y muéstrate como guía. Deja que los niños/as coman solos en cuanto puedan, se embarren, devuelvan e investiguen por sí mismos, esto otorga confianza, autonomía y seguridad. Si obligamos a un niño a comer, nos imponemos o enojamos es probable que el niño asocie el comer con algo negativo, una obligación que rechazará. Y de ahí surgirá la frase “el niño no me come”.

La comida juega un rol fundamental en nuestra nutrición física, pero también en el llenado del alma. Si nuestras necesidades básicas de bebés no fueron satisfechas, se desplazan a algún lugar sombrío de nuestra conciencia, pero no desaparecen, están esperando a ser llenadas, rescatadas, para poder “incorporar a mamá” en cada bocado.

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Lealtades Familiares

Cada familia tiene reglas de convivencia, estas pueden ser dichas o no, pero tod@s somos parte de ese encrucijado de normas que nos han venido moldeando desde incluso antes de nacer, y que nos permite sentirnos parte (o no) de una familia.

La necesidad de “pertenecer” no es una elección, es un instinto biológico casi que de cualquier especie. En tiempos antiguos, pertenecer a una tribu podía hasta salvarnos la vida, quien no se encontraba en manada era más propenso a ser atacado, a no obtener todos los alimentos o simplemente a morir de frío. Han pasado muchísimos años desde que vivíamos en esas condiciones, pero esa necesidad de “pertenecer” sigue estando presente en nuestros genes, y se muestra más o menos de la misma manera que en aquel entonces.

Cuando venimos al mundo no podemos valernos por nosotros mismos, y pertenecer a un sistema nos permite sobrevivir, somos dependientes, e inconscientemente cumplimos ciertas normas para que la manada nos cuide y nos haga parte. ¿Sabías que la reacción instintiva de sonreír que tienen los bebes con apenas semanas de nacidos es una técnica de supervivencia? Un bebé no es consciente de “la felicidad” o del gesto de “sonreír”, pero el acto de hacerlo genera empatía con la madre y va moldeando el vínculo de cercanía entre ambos. Es una simbiosis perfecta entre la necesidad de proteger y de ser protegido.

Conforme vamos creciendo, vamos adoptando estas normas de convivencia para seguir siendo parte, algunas explicitas y dichas como “en esta casa se almuerza a las 12md”, y otras no tan expuestas como “el sexo y la sexualidad no son temas que conversemos”. Muchas están ligadas a valores, a religión o la propia historia familiar, por ejemplo todo lo relacionado al patriarcado, el machismo y las normas sociales. Todos conocemos esos temas de los que en casa no se puede hablar, o bien, cuales actos nos alejarían del buen ver de nuestra familia. Pero, muchas de esas normas ni siquiera corresponden a nuestra realidad, son herencias obsoletas.

Conceptualicemos entonces: Las lealtades familiares (o invisibles) son esos patrones de conducta que nos permiten pertenecer a la tribu, son repetitivos, vienen sucediendo desde generaciones atrás, y probablemente muchos de ellos nos están obligando a pagar deudas ajenas a costa de nuestra propia vida o salud o beneficio.

En Constelaciones Familiares, a las personas que cumplen con dichas reglas se les conoce como “la buena conciencia” y a quienes las rompen, cuestionan o cambian “la mala conciencia”, pero esto no tiene que ver con el concepto moral y popular de “malo y bueno”, sino que está ligado a esa conciencia leal al clan. Por poner un ejemplo: en una familia donde siempre se ha vivido en deudas y escases económica, el miembro de la familia que tenga solvencia y no deba dinero será “la mala conciencia” porque no sigue con el patrón. Esto calzaría con esas personas que deciden cambiar de religión, que optan por otra preferencia sexual, que no desea tener hijos, etc. Para terminar de aclararlo: la mala conciencia genera “culpa” y me aleja del vínculo, la buena conciencia genera “inocencia” me acerca al vínculo.

Usualmente vivimos en modo piloto automático, y no percibimos esto de manera simple, aún más, repetimos estas lealtades, ya no sólo de manera instintiva por pertenencia al clan, sino también como forma de honrar a nuestros padres y ancestros: “yo no puedo tener éxito, porque mis papás fueron muy pobres por más que se esforzaron”, claro está que esto es inconsciente, y de la misma forma generamos las condiciones a nuestro alrededor que favorezcan esta forma de pensamiento. Otro ejemplo podría ser “debo desarrollar diabetes porque mi mamá y mi abuela lo padecieron” es una forma de honrarles.

Hay lealtades que trascienden la individualidad, y se constituyen parte del inconsciente familiar. Cuando se ha excluido algún miembro de la familia por miedo, vergüenza o dolor, en la siguiente(s) generación podría aparecer otro miembro que tenga la necesidad de hacer visible esa exclusión, y por tanto repite la historia de la persona excluida. Un ejemplo muy a la mano de esto, vendría a ser lo que observamos en la película de Disney “Coco”, donde, aun ocultándose la historia real de la familia, en la tercera o cuarta generación nace un buscador que hace visible el amor por la música.

Bien, lo importante aquí es saber que los asuntos no resueltos de los sistemas familiares en generaciones anteriores y las injusticias cometidas dentro y fuera del sistema familiar pueden afectar la vida de las familias, manifestándose en alguno o varios miembros del sistema, enfermedades inexplicables, depresiones, suicidios, relaciones conflictivas, trastornos físicos y psíquicos, dificultad para encontrar pareja, para prosperar, comportamientos conflictivos, etcétera.

Las lealtades invisibles son una especie de hilos, que, en el plano del alma, nos encuentran con nuestros ancestros y que nos llevan a cargar con experiencias que no nos corresponden, a padecer dolores que no son nuestros, o a repetir historias que quizás no hablan de lo propio, aunque así lo vivamos

Probablemente si estás leyendo esto y llegaste hasta aquí, sos parte de esos buscadores etiquetados como Oveja Negra. Vos y todos esos miembros que representan la mala conciencia del grupo familiar, son quienes vienen a romper con esas lealtades invisibles, y en la mayoría de los casos, son fuentes de sanación, resultan ser buscadores natos de caminos de liberación para el árbol genealógico.

Regularmente son personas que no se adaptan a las normas o tradiciones, buscan revolucionar las creencias y son los llamados a liberar el árbol de historias repetitivas que frustran a generaciones enteras, ya que los incontables deseos reprimidos, sueños no realizados y talentos frustrados de sus ancestros se manifiestan en el quehacer de estas ovejas negras buscando realizarse.

Todo es perfecto, los miembros que vienen dar un cambio en los patrones dañinos del sistema poseen toda esa información genética y emocional para evidenciar, expresar, manifestar todos los dramas no resueltos. Paradógicamente quizás sean los miembros más fuertes, psicológica, emocional y espiritualmente para hacerse cargo de ello. La naturaleza no se equivoca.

Ser la oveja negra es un acto de amor al clan. Quizá uno de los puntos más importantes de sentirte la persona que no encaja en tu familia, es saber que eres la pieza que puede generar un cambio en patrones familiares que vienen repitiéndose generación tras generación, que nadie te haga dudar, cuida tu ‘rareza’ como la flor más preciada de tu árbol. “Eres el sueño realizado de todos tus ancestros”.

¡Nos estaremos leyendo!

Con amor,

MBA. Melania Orozco Calvo

BioConstela

Contenido de Valor para Tu Sanación

+(506) 8728-5653