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Me acepto tal cual soy

Esta soy yo.
O una imagen de lo que creo ser.

Mostrando en apariencia estar segura de quien soy y lo que quiero: decidida, valiente, clara, directa, honesta, soñadora, positiva, etc. Sin embargo, el tema hoy, o lo que quiero contar, es que en menos de una semana se me han caído todos esos adjetivos que acabo de mencionar, no porque no los tenga (ojalá así fuese y no me identificara con nada) sino porque no son 100% verdaderos 

Esa Melania directa y expresiva siempre tiembla por dentro ante la expectativa de qué pensará el/la otro/a al respecto. Juro que no lo sabía, más bien me jactaba de ser “libre”, de no importarme lo que los demás pensaban sobre mí, de que mis acciones respondieran únicamente a mis decisiones, y es mentira.

Me he quebrado mil veces cuando algún/a amigo no está y lo he necesitado. Me he frustrado cuando en el equipo de trabajo escucho alguna crítica sobre mis labores, lloré montones cuando reconocí la poca familia de sangre-amor a la que realmente le importo, o cuando me doy cuenta que soy súper diferente a lo que la familia de mi esposo espera de mí; se me ha hecho nudos la mente cuando no calzo con la izquierda o los ideales de los colegas de mi carrera, y a la vez, tampoco entro en los principios de “empresaria” o “jefe” que el mercado requiere. He dicho cosas y he tomado acciones de las cuales me arrepentí porque tal vez no agraden a todos/as. He puesto un post o un estado que quito de inmediato porque no genera lo que imagino. He dejado de vestir cómoda porque la ocasión lo requiere. Me he quedado en conversaciones que detesto o con personas que simplemente me desgastan…

Y bueno, eso me hace reconocer que inevitablemente estoy ligada a las expectativas que los demás tengan de mi, y que el camino hacia la fidelidad con una misma no es solamente una decisión o un vocabulario que lo anuncie, es una acción cotidiana.

No es fácil desnudarse y aceptarse, ver tus sombras y amarlas porque también son parte. Nos han enseñado desde pequeños/as a calzar, a ser para los demás, a definirnos a partir de identificaciones que finalmente sólo nos alejan de encontrarnos a nosotros mismos/as: familia, religión, grupos o movimientos, posición política, espiritualidad…

Todavía en confusión, sin definirme (cuestionándome si será necesario hacerlo), con la convicción de que el descubrimiento y amor propio son la llave más auténtica para acercarnos al otro/a -porque ahí ya no habrán disfraces que no sepamos usar, y tendremos cerca solo las personas que también con autenticidad se quieran quedar-; ahí, en esa maraña de adjetivos e identidades que he aceptado ser, quiero detenerme, encontrarme, diseñarme y poder compartirme.

Aquí estoy, reconociendo y asumiendo. Teniendo el coraje una vez más de mostrarme humana y con grandes fallos, en búsqueda del mejor de los reinos: el de una misma, y todo lo demás: “vendrá por añadidura”

Melania Orozco Calvo

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Orden de Nacimiento y Personalidad

¿CREES QUE EL ORDEN DE LLEGADA DE LOS HERMANOS INFLUYA EN SU PERSONALIDAD?

Te muestro qué dice la teoría del orden de nacimiento y mi experiencia personal.

Somos seres complejos, y no existen recetas que nos sean aplicables a todos por igual, pero es innegable que, tanto las circunstancias sociales, económicas y culturales, como los vínculos y los acontecimientos que suceden a nuestro alrededor, impactan directamente en nuestras vidas, y eso incluye el orden de llegada de los hermanos y el rol que obtenemos según esa llegada.

Soy la hija de en medio en mi familia nuclear, tengo una hermana mayor y un hermano menor; y si, cumplí con el estereotipo de “ser el sánguche”, la que no encuentra su lugar ni como mayor, ni como menor, siempre en búsqueda de la atención/afecto de mis padres. Aunque también tuve circunstancias específicas, como el hecho de que mi hermana mayor me llevase 7 años de diferencia, y mi hermano menor naciera apenas cuando yo tenía un año. Esas variables, las genéricas y las individuales, influyen en nuestra personalidad y en la forma en que nos relacionamos. Mi marco de referencia más importante era mi hermana y no mis padres (como le sucede al primogénito), y siempre busqué agradarle y ser aceptada por ella, pero nunca compartimos etapas de vida similares por la diferencia de años. Con mi hermano si tuve más cercanía y complicidad, pero existía una sensación de envidia por la atención que yo no pude recibir: él era el consentido de mamá, el menor, el varoncito, además, “me quitó” a mi mamá muy rápido (pensemos en lactancia, atención, juego).

Todas las circunstancias nos influyen y construyen, no son buenas ni malas, sólo son circunstancias, biológicamente y por supervivencia, todos los seres venimos con la necesidad de pertenecer al sistema, ser valorados y aceptados; desarrollamos estrategias para mantener la vida de la mejor forma que podamos.

En la naturaleza, el orden de nacimiento es fundamental, ella es inexorable a la hora de garantizar la vida. Desde la mirada sistémica, conocer nuestro lugar en el árbol genealógico, y el rol que cumplimos, nos permite tener una mirada comprensiva, que como adultos colabore en la sanación de heridas, para hacernos responsables de nuestras acciones y emociones, y no sólo culpar o señalar el pasado o a las circunstancias.

La teoría del orden de nacimiento fue descrita por primera vez por el psicólogo austriaco Alfred Adler (1870-1937), y en palabras muy resumidas podríamos encontrar:

*Los hermanos mayores o primogénitos*, disponen de todos los recursos y atención de sus padres o cuidadores; crecen con la sensación de “ser el centro de atención”, sus padres –aún principiantes- tienden a sobreproteger y a ser más severos que con los otros hijos. Es común, que estas personas tengan rasgos de liderazgo, responsabilidad, seguridad, suelen ser competitivos y tener capacidad de sacrificio.

*Los hermanos de en medio*, suelen ser pacificadores y mediadores, suelen crecer con la sensación de no ser atendidos, de no obtener toda la atención que tuvo el hermano mayor ni la que tendrá el pequeño, por tanto, desarrollan habilidades de empatía con sus círculos de amistades, se inclinan por los emprendimientos y las negociaciones; tienden a ser más introvertidos, observadores e independientes.

*Los hermanos menores* por su lado, tienen un espíritu más libre, sus padres tienen mayor experiencia, son más permisivos y más consentidores, los hermanos mayores colaboran en su educación y supervisión, por lo que son más perspicaces, desarrollan rebeldía, son más arriesgados, innovadores y radicales.

Por supuesto que estos datos se los comparto bajo la lupa de una muestra de la población, en familias biparentales con tres o cuatro hijos, y con datos promedio, todos conocemos familias fuera de las estadísticas expuestas, pero lograr observar los comportamientos genéricos desde las circunstancias sociales-afectivas-vinculares de cada hermano, permite una mirada integradora y no individualista.

¿Qué hacer para mejorar la relación con los hermanos?

Reconozco mi lugar y lo acepto con amor. Los hermanos mayores dan, los menores reciben, y desde esa visión, no busco usurpar un lugar que no sea el que me corresponde. Si en algún momento las circunstancias han llevado a un cambio de roles (por ejemplo un hermano que asumió el rol de padre/madre, o que quizá alguna enfermedad hiciera que los padres prestaran más atención a alguno de los hijos), miro la historia, la honro y acepto con amor, sin juicio, sin pretensiones de querer cambiar algo, y sin reclamos que sólo nos vacían.

“El amor llena lo que el orden abarca. El amor es el agua, el orden el cántaro. El orden centra, el amor fluye. El amor y el orden actúan en conjunto”

Bert Hellinger

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Orden de Nacimiento y Personalidad

¿CREES QUE EL ORDEN DE LLEGADA DE LOS HERMANOS INFLUYA EN SU PERSONALIDAD?

Te muestro qué dice la teoría del orden de nacimiento y mi experiencia personal.

Somos seres complejos, y no existen recetas que nos sean aplicables a todos por igual, pero es innegable que, tanto las circunstancias sociales, económicas y culturales, como los vínculos y los acontecimientos que suceden a nuestro alrededor, impactan directamente en nuestras vidas, y eso incluye el orden de llegada de los hermanos y el rol que obtenemos según esa llegada.

Soy la hija de en medio en mi familia nuclear, tengo una hermana mayor y un hermano menor; y si, cumplí con el estereotipo de “ser el sánguche”, la que no encuentra su lugar ni como mayor, ni como menor, siempre en búsqueda de la atención/afecto de mis padres. Aunque también tuve circunstancias específicas, como el hecho de que mi hermana mayor me llevase 7 años de diferencia, y mi hermano menor naciera apenas cuando yo tenía un año. Esas variables, las genéricas y las individuales, influyen en nuestra personalidad y en la forma en que nos relacionamos. Mi marco de referencia más importante era mi hermana y no mis padres (como le sucede al primogénito), y siempre busqué agradarle y ser aceptada por ella, pero nunca compartimos etapas de vida similares por la diferencia de años. Con mi hermano si tuve más cercanía y complicidad, pero existía una sensación de envidia por la atención que yo no pude recibir: él era el consentido de mamá, el menor, el varoncito, además, “me quitó” a mi mamá muy rápido (pensemos en lactancia, atención, juego).

Todas las circunstancias nos influyen y construyen, no son buenas ni malas, sólo son circunstancias, biológicamente y por supervivencia, todos los seres venimos con la necesidad de pertenecer al sistema, ser valorados y aceptados; desarrollamos estrategias para mantener la vida de la mejor forma que podamos.

En la naturaleza, el orden de nacimiento es fundamental, ella es inexorable a la hora de garantizar la vida. Desde la mirada sistémica, conocer nuestro lugar en el árbol genealógico, y el rol que cumplimos, nos permite tener una mirada comprensiva, que como adultos colabore en la sanación de heridas, para hacernos responsables de nuestras acciones y emociones, y no sólo culpar o señalar el pasado o a las circunstancias.

La teoría del orden de nacimiento fue descrita por primera vez por el psicólogo austriaco Alfred Adler (1870-1937), y en palabras muy resumidas podríamos encontrar:

*Los hermanos mayores o primogénitos*, disponen de todos los recursos y atención de sus padres o cuidadores; crecen con la sensación de “ser el centro de atención”, sus padres –aún principiantes- tienden a sobreproteger y a ser más severos que con los otros hijos. Es común, que estas personas tengan rasgos de liderazgo, responsabilidad, seguridad, suelen ser competitivos y tener capacidad de sacrificio.

*Los hermanos de en medio*, suelen ser pacificadores y mediadores, suelen crecer con la sensación de no ser atendidos, de no obtener toda la atención que tuvo el hermano mayor ni la que tendrá el pequeño, por tanto, desarrollan habilidades de empatía con sus círculos de amistades, se inclinan por los emprendimientos y las negociaciones; tienden a ser más introvertidos, observadores e independientes.

*Los hermanos menores* por su lado, tienen un espíritu más libre, sus padres tienen mayor experiencia, son más permisivos y más consentidores, los hermanos mayores colaboran en su educación y supervisión, por lo que son más perspicaces, desarrollan rebeldía, son más arriesgados, innovadores y radicales.

Por supuesto que estos datos se los comparto bajo la lupa de una muestra de la población, en familias biparentales con tres o cuatro hijos, y con datos promedio, todos conocemos familias fuera de las estadísticas expuestas, pero lograr observar los comportamientos genéricos desde las circunstancias sociales-afectivas-vinculares de cada hermano, permite una mirada integradora y no individualista.

¿Qué hacer para mejorar la relación con los hermanos?

Reconozco mi lugar y lo acepto con amor. Los hermanos mayores dan, los menores reciben, y desde esa visión, no busco usurpar un lugar que no sea el que me corresponde. Si en algún momento las circunstancias han llevado a un cambio de roles (por ejemplo un hermano que asumió el rol de padre/madre, o que quizá alguna enfermedad hiciera que los padres prestaran más atención a alguno de los hijos), miro la historia, la honro y acepto con amor, sin juicio, sin pretensiones de querer cambiar algo, y sin reclamos que sólo nos vacían.

“El amor llena lo que el orden abarca. El amor es el agua, el orden el cántaro. El orden centra, el amor fluye. El amor y el orden actúan en conjunto”

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Amor de Pareja y Amor en la Pareja

Cada miembro de una relación trae consigo su propia historia, traumas y heridas, en primera instancia, esta es una condición que debería ser mirada, aceptada y respetada, cuando lo hacemos, podrías estar hablando de un acertado comienzo en la relación de pareja.

Para que se empiece a escribir una sana historia, cada uno de los compañeros tiene que abandonar a su familia. Y esto no sólo en un sentido externo, sino que hay que dejar algunas lealtades/creencias que en la familia nuclear eran válidas, para negociar con la pareja principios nuevos que reconozcan los valores de ambas partes.

Esto es complejo de identificar si nos encontramos en la etapa del enamoramiento, cuando estamos algo ciegos y no visualizamos verdaderamente a la otra persona, sino lo que necesitamos de ella, aquello que proyectamos. En segunda vista, cuando pasamos esta etapa de idealización, nos adentramos en la construcción del amor de pareja, un amor adulto que mira realmente a la otra persona y la toma tal y como es, con sus necesidades y carencias, no para solucionarlas, sino para compartir el proceso de sanación.

Cuando cada miembro de la pareja se hace responsable de llenar sus propios vacíos, se construye un puente que hace posible una relación de pareja saludable, y nuestras relaciones podrían convertirse en templos de curación si dejamos que lo sean.

Ahora bien, por las condiciones que sean y sin importar la cantidad de tiempo que lleve la relación, ni los compromisos que hayan de por medio, el amor no sólo requiere ser encontrado, visto y aceptado, también debe tener su cuota de atención y cuido, y estar siendo nutrido por aquellos valores que en un principio se establecieron, por ejemplo: confianza, lealtad, respeto, intimidad, etc.

En toda relación nos encontraremos en una compensación constante entre dar y recibir, sembrar y recoger, pero puede llegar un momento en que no tengamos nada más para dar, o en el que algunos de los nutrientes antes citados dejaron de ser cultivados, es entonces cuando se puede dejar de elegir (si, el amor también es una decisión), y si una relación no te hace crecer sólo hay dos opciones: o te mantiene estancado/a o te disminuye. Siempre se puede elegir. Se elige en función del amor mismo, del amor propio, de aquel que un día nos unió, y de aquel en el nombre de quien construimos, así que terminar una relación no es fracaso, fracaso es continuar en una relación que ya no da para más y/o que nos lastima, sólo por costumbre, compromiso o presión social.

El crecimiento personal no se detiene porque inicies una vida de pareja, hay que aprender a equilibrar ambas cosas. Algunas veces se combinan y se fortalecen, algunas otras más bien chocan y no logran coincidir. El arte de amar en pareja se esconde detrás de un profundo respeto por la individualidad y la historia personal de cada uno, con la disposición de ser compañero/a para el otro/a en el proceso de sanación, y el compromiso por el crecimiento constante del vínculo que les une.

Melania Orozco Calvo

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Mi Niña Interna depende de Mi

Seguramente recuerdas aquella vez, cuando estabas pequeña/o y te hicieron una promesa que no fue cumplida; o bien, aquel momento donde buscabas hacer una buena obra a los ojos de tus padres pero fue recibido de mala forma y te llamaron la atención. Quizá en tu memoria tengas episodios de castigo físico, donde el miedo era el principal protagonista. Pues bien, todas estas experiencias siguen vivas y forman parte de tu personalidad adulta, se amalgamaron en un tipo de armadura a la cual llamamos “personalidad”, que creemos que nos protege, nos hace pertenecer o nos puede definir.

En las primeras etapas de nuestra vida, somos totalmente vulnerables, dependemos de todo a nivel externo para la supervivencia, no podemos alimentarnos, no podemos generarnos un techo, no hay capacidad de elegir la protección, ni siquiera podemos salvaguardarnos del peligro. Es esta vulnerabilidad la que nos impulsa a pertenecer a un grupo, una familia, un clan; el sentido de pertenencia nos otorga cierta protección, y son las otras personas de la tribu quienes pueden atender nuestras necesidades básicas. Crecemos con esta tribu como marco de referencia: adoptamos su forma de hablar, de relacionarse, su forma de reprendernos o de mostrarnos afecto, etc. Este vínculo llega a ser tan importante que nos va moldeando, y en base a nuestra dependencia de la tribu, creeremos todo lo que nos digan, lo que nos nieguen, lo que nos muestren. Si mamá sonríe cuando hago un baile, mis receptores emocionales guardan esta información para seguir haciendo cosas que a mamá la hagan sonreír y así, asegurar la permanencia a su lado. Si, por el contrario, observamos que algo la ha hecho molestar y por este enojo deja de atendernos, mirarnos o entregar afectividad, también esa información será reservada para evitar comportamientos que en el futuro la puedan hacer enojar.

El proceso cognitivo del cerebro en los primeros años de vida carece de análisis, es un mundo interpretativo, biológico y reactivo. De los 0 a los 7 años, el niño ni siquiera logra comprenderse como un ser individual, es a través de su madre que aprenderá -o no- a tomar la vida. Es ella quien le presenta a los demás seres a su alrededor. Así que vendrán de ella, tanto los mas importantes aprendizajes, como las más dolorosas heridas tales como: abandono, rechazo u humillación; a partir de los 7 años y hasta los 14, el cerebro mejora sus habilidades analíticas, empieza a relacionarse con otros individuos de manera independiente y empezará a necesitar menos de mamá y más de papá, o bien, las energías que se los representen. Es aquí donde tal vínculo puede colaborar en nuestra forma de mirar el mundo, poner límites, generar metas o tomar decisiones; sin embargo, también será terreno fértil para desarrollar heridas tales como la traición o la injusticia.

El resto de nuestra vida estará basada en lo aprendido en estas primeras etapas, principalmente en lo que nos ha herido, ya que, por instinto, se buscará en primera instancia la supervivencia. Cada una de nuestras heridas genera una máscara, un escudo protector que ayuda a sobrellevar el dolor o el miedo vivido, y llegamos a la adultez con estas armaduras bien perfiladas y naturalizadas para protegernos del mundo externo. Es así como vamos por el mundo con cuerpos de adultos, pero con niños heridos por dentro.

Llegando a esta comprensión, es imprescindible adoptar una postura de responsabilidad para atender estas heridas, paternando y maternando nuestro niño/a herido, que no significa más que hacernos cargo de lo que requiera expresar y gestionar sus emociones hacia el mayor bienestar propio y del entorno que le rodea.

Las Constelaciones Familiares son una hermosa herramienta que nos permite acercarnos a estas heridas desde la comprensión de su creación, para encontrar las mejores estrategias de sanación que cada uno de esos niños internos requieren. Por medio de la técnica de la proyección, se pueden evidenciar las emociones reales, expresadas o no, que necesitan mirarse y así dejen de ser determinantes en los procesos vinculares actuales. ¡Te invito a conocer esta bella opción en BioConstelaCR!

Comparto con ustedes un ejercicio meditativo para acercarnos al trabajo introspectivo de escuchar a nuestra niña interna/o:

Melania Orozco Calvo

Melania Orozco Calvo

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¿Dónde están mis monedas?

En una noche cualquiera, una persona, de la que no sabemos si es un hombre o una mujer, tuvo un sueño. Es un sueño que todos tenemos alguna vez. Esta persona soñó que en sus manos recibía unas cuantas monedas de sus padres. No sabemos si eran muchas o pocas, si eran miles, cientos, una docena o aún menos. Tampoco sabemos de qué metal estaban hechas, si eran de oro, plata, bronce, hierro o quizá de barro.

Mientras soñaba que sus padres le entregaban estas monedas, sintió espontáneamente una sensación de calor en su pecho. Quedó invadida por un alborozo sereno y alegre. Estaba contenta, se llenó de ternura y durmió plácidamente el resto de la noche.

Cuando despertó a la mañana siguiente, la sensación de placidez y satisfacción persistía. Entonces, decidió caminar hacia la casa de sus padres. Y, cuando llegó, mirándolos a los ojos, les dijo:

— Esta noche habéis venido en sueños y me habéis dado unas cuantas monedas en mis manos. No recuerdo si eran muchas o pocas. Tampoco sé de qué metal estaban hechas, si eran monedas de un metal precioso o no. Pero no importa, porque me siento pleno y contento.

Y vengo a deciros gracias, son suficientes, son las monedas que necesito y las que merezco.

Así que las tomo con gusto porque vienen de vosotros. Con ellas seré capaz de recorrer mi propio camino.

Al oír esto, los padres, que como todos los padres se engrandecen a través del reconocimiento de sus hijos, se sintieron aún más grandes y generosos. En su interior sintieron que aún podían seguir dando a su hijo, porque la capacidad de recibir amplifica la grandeza y el deseo de dar. Así, dijeron:

— Ya que eres tan buen hijo puedes quedarte con todas las monedas, puesto que te pertenecen. Puedes gastarlas como quieras y no es necesario que nos las devuelvas. Son tu legado, único y personal. Son para ti.

Entonces este hijo se sintió también grande y pleno. Se percibió completo y rico y pudo dejar en paz la casa de sus padres. A medida que se alejaba, sus pies se apoyaban firmes sobre la tierra y andaba con fuerza. Su cuerpo también estaba bien asentado en la tierra y ante sus ojos se abría un camino claro y un horizonte esperanzador.

Mientras recorría el camino de la vida, encontró distintas personas con las que caminaba lado a lado. Se acompañaban durante un trecho, a veces más largo o más corto, otras veces estaban con él durante toda la vida. Eran sus socios, sus amigos, parejas, vecinos, compañeros, colaboradores e incluso sus adversarios. En general, el camino resultaba sereno, gozoso, en sintonía con su espíritu y su naturaleza personal. Tampoco estaba exento de los pesares naturales que la vida impone. Era el camino de su vida.

De vez en cuando esta persona volvía la vista atrás hacia sus padres y recordaba con gratitud las monedas recibidas. Y cuando observaba el transcurso de su vida, miraba a sus hijos o recordaba todo lo conseguido en el ámbito personal, familiar, profesional, social o espiritual, aparecía la imagen de sus padres y se daba cuenta de que todo aquello había sido posible gracias a lo recibido de ellos y que con su éxito y logros les honraba.

Se decía a sí mismo: «No hay mejor fertilizante que los propios orígenes», y entonces su pecho volvía a llenarse con la misma sensación expansiva que le había embargado la noche que soñó que recibía las monedas.

Sin embargo, en otra noche cualquiera, otra persona tuvo el mismo sueño, ya que tarde o temprano todos llegamos a tener este sueño. Venían sus padres y en sus manos le entregaban unas cuantas monedas. En este caso tampoco sabemos si eran muchas o pocas, si eran miles, unos cientos, una docena o aún menos. No sabemos de qué metal estaban hechas, si de oro, plata, bronce, hierro o quizás de barro…

Al soñar que recibía en sus manos las monedas de sus padres sintió espontáneamente un pellizco de incomodidad. La persona quedó invadida por una agria inquietud, por una sensación de tormento en el pecho y un lacerante malestar. Durmió llena de agitación lo que quedaba de noche mientras se revolvía encrespada entre las sábanas.

Al despertar, aún agitada, sentía un fastidio que parecía enfado y enojo, pero que también tenía algo de queja y resentimiento. Quizá lo que más reinaba en ella era la confusión y su cara era el rostro del sufrimiento y de la disconformidad. Llena de furia y con un ligero tinte de vergüenza, decidió caminar hacia la casa de sus padres.

Al llegar allí, mirándolos de soslayo les dijo:

— Esta noche habéis venido en sueño y me habéis dado unas cuantas monedas. No sé si eran muchas o pocas. Tampoco sé de qué material estaban hechas, si eran de un metal precioso o no. No importa, porque me siento vacía, lastimada y herida. Vengo a decirles que vuestras monedas no son buenas ni suficientes. No son las monedas que necesito ni son las que merezco ni las que me corresponden. Así que no las quiero y no las tomo, aunque procedan de ustedes y me lleguen a través vuestro. Con ellas mi camino sería demasiado pesado o demasiado triste de recorrer y no lograría ir lejos. Andaré sin vuestras monedas.

Y los padres que, como todos los padres, empequeñecen y sufren cuando no tienen el reconocimiento de sus hijos , aún se hicieron más pequeños. Se retiraron, disminuidos y tristes, al interior de la casa. Con desazón y congoja comprendieron que todavía podían dar menos a este hijo porque ante la dificultad para tomar y recibir, la grandeza y el deseo de dar se hacen pequeñas y languidecen.

Guardaron silencio, confiando en que, con el paso del tiempo y la sabiduría que trae consigo la vida, quizá se pudieran llegar a enderezar los rumbos fallidos del hijo.

Es extraño lo que ocurrió a continuación. Después de haber pronunciado estas palabras ante los padres en respuesta a su sueño, este hijo se sintió impetuosamente fuerte, más fuerte que nunca . Se trataba de una fuerza extraordinaria.

Se había encarnado en él la fuerza feroz, empecinada y hercúlea que surge de la oposición a los hechos y a las personas. No era una fuerza genuina y auténtica como la que resulta del asentimiento a los hechos y que está en consonancia con los avatares de la vida, pero la fuerza era intensa.

Sin ninguna serenidad interior, aquella persona abandonó la casa de los padres  diciéndose a sí misma:

— Nunca más.

Impetuosamente fuerte, pero también vacía, huérfana y necesitada, aún queriéndolo y deseándolo, no lograba alcanzar la paz.

A medida que la persona se alejaba de la casa de sus padres sentía que sus pies se elevaban unos centímetros por encima de la tierra y que su cuerpo, un tanto flotante, no podía caerse por su propio peso real. Pero lo más relevante ocurría en sus ojos: los abría de una manera tan particular que parecía que miraba siempre lo mismo, un horizonte fijo y estático.

La persona desarrolló una sensibilidad especial. Así, cuando encontraba a alguien a lo largo de su camino, sobre todo si era del sexo opuesto, esta sensibilidad le hacía contemplarlo con una enorme esperanza, la que, sin darse cuenta le llevaba a preguntarse:

— ¿Será esta persona la que tiene la monedas que merezco, necesito y me corresponden, las monedas que no tomé de mis padres porque no supieron dármelas de la manera justa y conveniente? ¿Será esta la persona que tiene aquello que merezco?

Si la respuesta que se daba a si misma era afirmativa, resultaba fantástico. A esto, algunos lo denominan enamoramiento. En esos momentos sentía que todo era maravilloso. No obstante, cuando el enamoramiento acababa convirtiéndose en una relación y la relación duraba lo suficiente, la persona generalmente descubría que el otro no tenía lo que le faltaba, aquellas monedas que no había tomado de sus padres.

— ¡Qué pena!, se decía y se quejaba amargamente de su mala suerte, culpando al destino de ello.

A esto lo llaman desengaño y esta persona se sentía sometida a un tormento emocional que tomaba la forma de desesperación, desazón, crisis, turbulencia, enfado, frustración…

Por suerte, o no, en este momento podía estar esperando a un hijo y la desazón se volvía más dulce y esperanzadora, más atemperada. Entonces la pregunta volvía a su inconsciente:

— ¿Será este hijo que espero, tan bien amado, quien tiene las monedas que merezco, que necesito y que me corresponden y que no tomé de mis padres porque no supieron dármelas de la manera justa y conveniente? ¿Será este ser el que tiene aquello que merezco?

Cuando se contestaba de nuevo que sí, era maravilloso, formidable y empezaba a sentir un vínculo especial con ese hijo, un vínculo asombroso, muy estrecho, lleno de expectativas y anhelos.

Pero si pasa el tiempo suficiente la mayoría de los hijos desean tener una vida propia y saben que tienen propósitos de vida propios e independientes de sus padres. Entonces, aunque aman a sus padres y desean hacer lo mejor para ellos, la presión de tener vida propia resulta exigente, imperiosa y tan arrolladora como la sexualidad.

Así es como, de nuevo, esta persona comprende un día que tampoco su hijo tiene las monedas que necesita, merece y le corresponden. Sintiéndose más vacía, huérfana y desorientada que nunca entra en crisis y desesperación. Enferma. Ahora tiene entre 40 y 50 años, la fase media de la vida. Ahora ningún argumento la sostiene ya, ninguna razón la calma. Es su “cata-crac” y grita:

— ¡A Y U D A!

¡Hay tanta urgencia en su tono de voz! ¡Su rostro está tan desencajado! Nada la calma, nada puede sostenerla.

Y… ¿qué hace? Va al terapeuta.

El terapeuta la recibe pronto, la mira profunda y pausadamente y le dice:

— Yo no tengo las monedas.

Hay dos clases de terapeutas: los que piensan que tienen las monedas y los que saben que no las tienen.

El terapeuta ha visto en sus ojos que sigue buscando las monedas en el lugar equivocado y que le encantaría equivocarse de nuevo. El terapeuta sabe que las personas quieren cambiar, pero les cuesta dar su brazo a torcer, no tanto por dignidad sino por tozudez y costumbre.

Él piensa: “Amo y respeto mejor a mis pacientes cuando puedo hacerlo con sus padres y con su realidad tal como es. Los ayudo cuando soy amigo de las monedas que les tocan, sean las que sean.”

El terapeuta añade: “Yo no tengo las monedas pero sé dónde están y podemos trabajar juntos para que también tú descubras dónde están, cómo ir hacia ellas y tomarlas.”

Entonces el terapeuta trabaja con la persona y le enseña que durante muchos años ha tenido un problema de visión, un problema óptico, un problema de perspectiva. Ha tenido dificultades para ver claramente. Sólo se trata de eso.

El terapeuta le ayuda a reenfocar y a modular su mirada, a percibir la realidad de otra manera, desde una perspectiva más clara, más centrada y más abierta a los propósitos de la vida. Una manera menos dependiente de los deseos personales del pequeño yo que trata de gobernarnos.

Un día, mientras espera a su paciente, el terapeuta piensa que está listo y que debe decirle, por fin y claramente, dónde están las monedas. Y este mismo día, como por arte de birlibirloque, llega el paciente. Tiene otro color de piel, las facciones de su rostro se han suavizado y comparte su descubrimiento:

— Sé dónde están las monedas. Siguen con mis padres.

Primero solloza, luego llora abiertamente. Después surge el alivio, la paz y la sensación de calor en el pecho. ¡Por fin!

Durante el trabajo terapéutico ha atravesado las purulencias de sus heridas, ha madurado en su proceso emocional y ha reenfocado su visión. Ahora se dirige de nuevo, como lo hizo hace tantos años atrás a la casa de sus padres.

Los mira a los ojos y les dice:

— Vengo a deciros que estos últimos diez, veinte o treinta años de mi vida he tenido un problema de visión, un asunto óptico. No veía claramente y lo siento. Ahora puedo ver y vengo a deciros que aquellas monedas que recibí de vosotros en sueños son las mejores monedas posibles para mi. Son suficientes y son las monedas que me corresponden. Son las monedas que merezco y las adecuadas para que pueda seguir. Vengo a daros las gracias. Las tomo con gusto porque vienen de vosotros y con ellas puedo seguir andando mi propio camino.

Ahora los padres, que como todos los padres se engrandecen a través del reconocimiento de sus hijos, vuelven a florecer y el amor y la generosidad fluyen de nuevo con facilidad. Así el hijo ahora es plenamente hijo, porque puede tomar y recibir.

Los padres le miran sonrientes, con ternura y contestan:

— Ya que eres tan buen hijo puedes quedarte con todas las monedas, puesto que te pertenecen. Puedes gastarlas como quieras y no es necesario que nos las devuelvas. Son tu legado, único, propio y personal, para ti. Puedes tener una vida plena.

Ahora este hijo se siente grande y pleno. Se percibe completo y rico y puede, por fin, dejar la casa de los padres con paz.

A medida que se aleja siente sus pies firmes pisando el suelo con fuerza, su cuerpo también está asentado en la tierra y sus ojos miran hacia un camino claro y un horizonte esperanzador.

Resulta extraño: ha perdido esa fuerza impetuosa que se nutría del resentimiento, del victimismo o del exceso de conformidad. Ahora tiene una fuerza simple y tranquila, una fuerza natural.

Recorriendo el camino de su vida encontraba con frecuencia otra personas con las que caminaba lado a lado como acompañantes durante un techo, a veces largo, a veces corto, a veces durante toda la vida. Socios, amigos, parejas, vecinos, compañeros, colaboradores, incluso adversarios. En general se trataba de un camino sereno, gozoso, en sintonía con su espíritu y con su naturaleza personal. Tampoco estaba exento de los pesares naturales que la vida impone. Era el camino de su vida.

Un día se acercó a la persona de la que se enamoró pensando que tenía las monedas y también le dijo:

— “Durante mucho tiempo he tenido un problema de visión y ahora que veo claro te digo: Lo siento, fue demasiado lo que esperé. Fueron demasiadas expectativas y sé que esto fue una carga demasiado grande para ti y ahora lo asumo. Me doy cuenta y te lobero. Así el amor que nos tuvimos puede seguir fluyendo. Gracias. Ahora tengo mis propias monedas.”

Otro día va a sus hijos y les dice:

— Podéis tomar todas las monedas de mi, porque yo soy una persona rica y completa. Ahora que he tomado las mías de mis padres. Entonces los hijos se tranquilizan y se hacen pequeños respecto a él y están libres para seguir su propio camino tomando sus propias monedas.

Al final de su largo camino se sienta y mira aún más allá. Hace un repaso a la vida vivida, a lo amado y a lo sufrido, a lo construido y a lo maltrecho. A todo y a todos logra darles un buen lugar en su alma. Los acoge con dulzura y piensa:

— Todo tiene su momento en el vivir: el momento de llegar, el momento de permanecer y el momento de partir. Una mitad de la vida es para subir la montaña y gritar a los cuatro viento:

“Existo”. Y la otra mitad es para el descenso hacia la luminosa nada, donde todo es desprenderse, alegrase y celebrar.

La vida tiene sus asuntos y sus ritmos sin dejar de ser el sueño que soñamos.

Joan Garriga Bacardí. Rigden Institut Gestalt, 2006

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¿Qué te quiere decir tu Sobrepeso?

El cuerpo humano es de las máquinas más sabias que existen, se auto-regula y se sana a sí mismo, y esto lo hace sin indicaciones, por pura supervivencia. Nuestra parte instintiva tiene como principal objetivo la conservación de la especie a toda costa.

Cuando vivimos en cuevas teníamos depredadores, y nos escaseaba el alimento, el cuerpo generaba hormonas necesarias para defendernos (como el cortisol), y aunque hoy ya no vivamos ante dichas tensiones entre la vida y la muerte, si seguimos enviando señales equivocadas que hacen que nuestras funciones arcaicas busquen protegernos, y el SOBREPESO, es una forma de hacerlo.

El cuerpo sólo busca nuestro bien, es una máquina perfecta.

Reconoce si les estás enviando alguna señal equivocada a partir de estas 5 CLAVES:

1. Le haces sentir que está en peligro: vivir en una relación de violencia, creer constantemente que se va a perder el trabajo, sentirse en escasez, estar constantemente al expuesto o al borde del daño. Ante estas situaciones, la respuesta del cuerpo será proteger, e irá acumulando lo que requiera para poder hacer frente a ese peligro.

2. Lo reprimes: cuando no hablas de lo que sientes, cuando no expresas tus emociones y mentalmente ya no tienes donde acomodarlas, la máquina perfecta buscará alguna forma de despejar esa acumulación mental “colocando” los excesos en zonas localizadas, donde, para la sobrevivencia, no estorben tanto.

3. No logras digerir: Soportar continuamente circunstancias con las que no estas de acuerdo hace que el cuerpo retenga líquidos o grasas. Inconscientemente le estamos diciendo “esto no me hace bien pero me lo voy a quedar” y esa es la misma instrucción que el recibe para todo el organismo.

4. Poca fortaleza, exceso de vulnerabilidad: parecido al punto número 1, sentirse débil, acabado, excluido, no aceptado; envía señales al metabolismo de que necesitas protección o ser visto/a, y físicamente esto se traduce en más masa corporal. Es biología, lo mismo pasa en la naturaleza, cuando un ser vivo se siente atacado, agranda su tamaño.

5. Cargas el peso de alguien más: ¿sos la hermana mayor que se encarga de todos? ¿sos la madre soltera que tiene que estar “grande” y fuerte para llevar la carga? ¿sos la hija que debe llevar en hombros a sus padres y hermanos? ¿sos la colaboradora que en el trabajo sostiene la empresa? Pues ¿qué mensaje le estás dando a tu cuerpo sino el de pesar más, es decir, “necesito este sobrepeso”?

Este tema es super amplio, entran muchos factores en juego que influyen en mayor o menor medida según el caso: sociales, culturales, médicos, etc; es una visión integral que no viene a sustituir los alcances de la ciencia, viene a complementarla y a darnos respuesta por qué las mismas estrategias, dietas y controles no tienen iguales resultados en todas las personas.

Si algo te resuena dale un espacio en tu mente y corazón. Y si este es un tema que te gustaría tratar puedes escribirme https://wa.link/h68dxu

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Melania Orozco Calvo

BioConstelaCR

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